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El título completo de este artículo es El sentido de la polaridad en la unidad del sentir. Así nombrado, el título contiene ya una primera dualidad: la polaridad y la unidad. A este trasunto me gusta llamarlo el drama del ser humano. Veamos por qué.

En el artículo anterior, ¿Esclavos de la comida?, me refería a la polaridad aplicada a los alimentos, y la relación de salud y equilibrio que cada persona mantiene con ellos. En las próximas líneas trato de bucear un poco más hondo.

Salud y Enfermedad suelen manifestarse como partes opuestas y enfrentadas. Si tengo salud, no estoy enferma: y si estoy enferma, no tengo salud. Así visto, es reduccionista porque nos coloca en un estado o en el otro, y la polaridad se convierte en una dualidad excluyente. Esta visión acentúa nuestro sentimiento de carencia-separación-desconexión, y frustra nuestra capacidad de completud. Por ahí van los tiros del drama del ser humano.

Sabemos que el Ego hace imposible percibir, reconocer o imaginar siquiera la unidad o el todo. La conciencia lo escinde todo en parejas de contrarios que nos plantean un conflicto porque nos obligan a diferenciar y a decidir. Nuestro entendimiento no hace otra cosa que desmenuzar la realidad en pedazos más y más pequeños (análisis) y diferenciar entre los pedazos (discernimiento). Me viene a la cabeza comparar este proceder con el proceso digestivo (Digestión y masticación). Durante la digestión también se “desmenuzan” los nutrientes, en primer lugar, y luego se “diferencian” aquellos que el organismo absorberá -por ser necesarios- y los que desechará -por no ser útiles- mediante el bolo fecal y su expulsión al exterior.

La diferencia en esta analogía entre el ego y la digestión es que la conciencia o el entendimiento es bipolar y separador; y en el caso del proceso digestivo, se trata de un fenómeno de la naturaleza que trabaja en equipo, y al servicio del todo o de la unidad. La interrelación y suma de las partes del proceso digestivo (binomio complementario de asimilación – excreción) tiene como prioridad el correcto funcionamiento del organismo.

Ya tenemos una buena pista del lugar en el que polaridad y unidad no están reñidas: ¡la Naturaleza! Un ejemplo concreto y bien ilustrativo al respecto es la respiración. La respiración da al ser humano la experiencia básica de polaridad. Inhalación y exhalación se alternan constante y rítmicamente. Ahora bien, el ritmo que forman no es más que la continua alternancia de los dos polos. El ritmo es el esquema básico de toda vida. Si se destruye el ritmo se destruye la vida. El que se niega a exhalar el aire no puede volver a inhalar. Ello nos indica que la inhalación depende de la exhalación y que, sin su polo opuesto, no es posible. Un polo, para su existencia, depende del otro polo.

Los seres humanos no somos capaces de percepción simultánea debido al carácter bipolar de nuestra conciencia, y necesitamos dividir toda unidad en sus dos polos, a fin de poder tener una percepción más cercana a una experiencia no separada o no dual. Esto lo conseguimos gracias al tiempo: inhalo y exhalo, inhalo y exhalo…, un tiempo y otro tiempo, que van conformando un ritmo.

La polaridad es como una puerta que en un lado tiene escrita la palabra entrada y, en el otro, salida, pero siempre es la misma puerta y, según el lado por el que nos acerquemos a ella, vemos uno u otro de sus aspectos. El ejemplo de la montaña, y sus dos caras o laderas –la iluminada y la ensombrecida- expresan la misma idea. Otro ejemplo muy evidente en la alternancia de dos estados que se distinguen claramente uno de otro es la vigilia y el sueño, y que tienen su correspondencia con el día y la noche de la naturaleza.

¿Se te ocurre algún otro binomio cuya existencia en la naturaleza rompa con la idea de los contrarios opuestos (o dualismo de los opuestos irreconciliables)?

Por tanto, la función o el sentido de la polaridad es hacer posible una experiencia de fusión o unidad (unidad rítmica). La alternancia rítmica es un tipo de movimiento temporal que está en la base del equilibrio dinámico. Gracias al equilibrio dinámico existe un Eje (axis), o un Centro. El movimiento pendular del acunar o de una butaca mecedora son claros ejemplos de movimiento-ritmo-dinamismo-equilibrio-eje-centro (sobre la idea del péndulo te remito al artículo Alimentación energética, II Parte). Sin alternancia rítmica no hay unidad. Todo esto nos lleva a la conclusión de que para sentir la experiencia del centro (como experiencia de unidad) necesitamos la polaridad.

Pero no sólo eso, con la experiencia del centro sentimos bienestar profundo y armonía. La sensación de calma es notoria. Esto es así porque las partes o lados o polos están en equilibrio. De niña, descubrí que el movimiento pendular de la butaca me tranquilizaba extraordinariamente. Ya no recuerdo el motivo, pero el caso es que la butaca desapareció, y entonces me sentaba en el sofá y hacía oscilar la parte superior de mi cuerpo adelante y atrás, dando suaves golpecitos al respaldo. Fuera de casa, el vaivén del columpio en los parques cumplía la misma función.

Ahora bien, la experiencia de unidad a la que me refiero arriba no es absoluta o total. El ritmo nos acerca, pero al mismo tiempo nos impide la fusión total. ¡Menudo fastidio! A veces nos desesperamos, y con razón. La desesperación es una experiencia que tiene un valor y función, también necesarios. Si somos capaces de vivir la desesperación no como la falta de esperanza sino como su cara complementaria, nos cambia la película, y pasamos del drama del ser humano a la posibilidad de comprensión y ampliación de la conciencia. Todo lo escrito hasta aquí es distinto para estados muy elevados de la conciencia, lo que llamamos conciencia iluminada o cósmica. Yo no he tenido esta experiencia, y por eso escribo sobre mi vivencia y comprensión actuales en el camino hacia una conciencia más plena y despierta, y que baso en el entrenamiento de hábitos de salud en movimiento.

¿Cómo podemos entrenar la experiencia de unidad con la polaridad? Desde lo corporal y todo lo que en el espacio de sensaciones del cuerpo se manifiesta. Fijémonos en la anatomía del cuerpo humano. La polaridad de la conciencia humana se refleja claramente en la anatomía misma del cerebro. El cerebro se compone de dos hemisferios unidos por el cuerpo calloso.

Hemisferios cerebrales

El hemisferio izquierdo (o hemisferio verbal) es el encargado de la lógica y la estructura del lenguaje, de la lectura y la escritura. Descifra analítica y racionalmente todos los estímulos de estas áreas. Es decir, que piensa en forma digital. Este hemisferio es también el encargado del cálculo, la numeración y la noción del tiempo.

El hemisferio derecho permite la visión de conjunto de ideas, funciones y estructuras complejas. Puede concebir un “todo” partiendo de una pequeña parte (pars pro toto). También tiene la facultad de concepción y estructuración de abstracciones que no existen en la realidad. En el lóbulo derecho encontramos únicamente formas orales arcaicas que no se rigen por la sintaxis, sino por esquemas de sonidos y asociaciones. El pensamiento analógico, el arte, los símbolos, las fantasías y los sueños de la imaginación le son propios.

Hemisferios cerebrales

Según la actividad que realicemos, dominará en nosotros un hemisferio u otro. Así, el pensamiento lógico, la lectura, la escritura y el cálculo exigen el predominio del hemisferio izquierdo, mientras que para escuchar música, soñar, imaginar y meditar se utiliza preferentemente el hemisferio derecho.

Cada hemisferio cerebral se relaciona con el lado contrario del cuerpo. Dicho de otra manera, la parte derecha del cuerpo humano (incluidos el oído y ojo derechos) es gobernada por el hemisferio izquierdo, y viceversa, la parte izquierda del cuerpo humano (incluidos el oído y ojo izquierdos) es gobernada por la parte derecha del cuerpo humano. Esta conectividad homolateral o lateralidad cruzada permite patrones de movimientos que amplían y enriquecen las posibilidades del movimiento y su expresión. Y también añadiría, de acuerdo a mi experiencia corporal, que permite patrones de movimiento más completos (o unitarios).

La imagen de los dos hemisferios cerebrales encaja con esta otra, y que representa el antiguo símbolo chino Tai Chi (el todo, la unidad) de un círculo dividido en mitad blanca y mitad negra, cada una de las cuales contiene, a modo de germen, otro círculo dividido en dos mitades. Por decirlo de alguna manera, en nuestra conciencia la unidad se divide en polaridades que se complementan entre sí.

Qué incompletos estaríamos si solo tuviéramos una de las dos mitades del cerebro, ¿verdad? Sin ánimos de ser cínica pero sí crítica, la preeminencia de la mitad izquierda en nuestra sociedad del progreso -racional, analítica, causal, y cientifista- explica que nos sintamos muy a menudo seres incompletos. Y es que pasamos gran parte de nuestro tiempo con media conciencia.

La desnaturalización que el ser humano, como individuo y colectivo, sufre en la actualidad lleva a una mirada del mundo sesgada e incompleta. Esto es desvitalizador (puedes leer el artículo Vitalizarnos: cuestión de centro) y desequilbrador. La ley de la polaridad como ley fundamental y natural del mundo es clave en el equilibrio salud-enfermedad.

Entonces, parece que sí tiene sentido la polaridad.

Para resumir, la conciencia humana divide la unidad en dos polos. Los dos polos se complementan mutuamente y, por lo tanto, para existir, necesitan el uno del otro. La polaridad trae consigo la incapacidad de contemplar simultáneamente los dos aspectos de una unidad, y nos obliga a hacerlo sucesivamente, con lo cual surgen los fenómenos del “ritmo”, el “tiempo” y el “espacio”. Para describir la unidad, la conciencia (que ya hemos visto que es polar), tiene que servirse de esta paradoja. La ventaja, por llamarlo de alguna manera, que nos brinda la polaridad es la facultad de discernimiento, la cual no es posible sin polaridad.

La polaridad no existe para hacernos la puñeta, aunque así lo percibamos y se convierta en un drama. Es justo lo contrario, tiene una función muy determinada y necesaria: mostrarnos el camino de la curación (completud) que va de la polaridad a la unidad. Si volvemos a la imagen de los dos hemisferios cerebrales, vemos cómo el fin de la polaridad (o la superación de la polaridad en su unidad) equivale en este plano al fin del predominio de uno u otro hemisferio. Esto es curación, esto es unidad.

Esta unidad es indiferenciada, como el sentir, que no clasifica ni enjuicia una sensación, emoción, sentimiento, o pensamiento. Simplemente reconoce lo que hay y le otorga un espacio en la existencia. Es decir, el sentir también es indiferenciado y es por ello que en el Sentir se produce la experiencia de la Unidad.

Que exista un cuerpo calloso con la posibilidad de la permeabilidad y conectividad de los dos hemisferios cerebrales, así como que exista un patrón de movimiento con la posibilidad de la lateralidad cruzada, viene a recordarnos, una vez más, lo extraordinaria que es la naturaleza humana (y su anatomía corporal), preparada para la armonía y complementariedad de los contrarios como base de comprensión y camino hacia la Salud.

Las fuentes de inspiración de este artículo han sido: el Residencial de enero 2021 de Kun Dance, el libro de Dominik Borucki La Cientificación del Alma y el Espíritu, y la lectura de La enfermedad como camino (de T. Dethlefsen y R. Dahlke) y al que pertenecen las tres imágenes añadidas.